TREINTA  Y TRES AÑOS DESPUÉS

Actualidad Política / Judicial

Por Luis Alfredo Ortiz Tovar

Lo inmolaron, pero lo convirtieron en mártir, y no porque su muerte fuera solamente injusta, sino porque representó lo que debe tener todo funcionario que se vista de servidor público: la dignidad, el decoro, y la búsqueda de la justicia. Su lucha fue silenciosa, no porque él no hubiese tenido la voz para levantarla, sino porque nosotros hicimos lo que solemos hacer en aras de la comodidad, guardar silencio, no ser solidarios, y mantener un paquidermismo que termina en aceptación tácita. Así es, Rodrigo Lara Bonilla con el arma del valor, con la denuncia descomunal frente a los medios, y a los que se alistaban para acribillarlo, pudo decirle al país y al mundo, que cuando hay voluntad de no dejar pasar por encima de nada ni nadie la dignidad de un país, el asta de la justicia, y el decoro de su actuar, nada importa, incluso a riesgo de pagar con la propia vida. No escatimó esfuerzo alguno para denunciar al narcotráfico que se tragaba el país ante la impasividad de la institucionalidad y, de los otros políticos que saben camuflarse para obtener el disfrute de su inmutabilidad. Lo asesinaron con la vileza de un matón a sueldo pagado por la mafia mas recalcitrante que ha pasado por nuestra historia,  hecho que solo sirvió para demostrar como un teorema lo que hemos solido ser como sociedad, meramente tibios ante las injusticias, dadivosos , y tímidos frente a las denuncias. Él solo edificó su condición de mártir, pues sabía a lo que se atenía con la denuncia, pero también sabía que debía hacerlo so pena de que la nación quedara a merced de la alta delincuencia.

Pocos, Lara Bonilla, ha engendrado este país. Una tal Manuela Beltrán, o Antonia Santos, o un tal Jorge Eliecer Gaitán, o José Antonio Galán, serán los pocos que la historia de Colombia, ha arrimado a la condición de este paisano, que por estas calendas cumple treinta y tres años de su desaparición física. ES cierto que su vida la terminaron de manera efímera, pero también sigue siendo cierto que el legado que ha dejado, debe permanecer en las generaciones por venir, aprovechando que al menos de manera tibia seguimos sabiendo de su existencia.

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Noble tarea haríamos en colegios y universidades, si recordamos porqué, para qué y quien, conmemora cada año el deceso del hombre que ofrendó su vida para que no fuera el poder del dinero fácil, ni la manera indecorosa de gobernar, la que con más agudeza se hubiera apoderado de ese defenestrado país. Más que su muerte, es su lucha la que hay que recordar, pues haciéndolo, estaríamos dándo las bases a la nueva sociedad, que el valor de gobernar, con poder pequeño o grande, está representado en el respeto por la dignidad de quien gobierna, y en el mensaje de rectitud a quienes son gobernados.

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