PENAS DESEQUILIBRADAS

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Por Aníbal Charry González.

Decía el ex ministro Alfonso Gómez Méndez en reciente columna publicada en El Tiempo, que en este macondiano país, la política criminal no “puede seguir siendo objeto de bandazos; ni continuarse creyendo que su único tratamiento se encuentra en el Código Penal. Las penas están desajustadas, y por eso tiene razón María Eugenia Rojas cuando en reportaje a Semana señala que mientras a su hijo, por peculado le imponen 40 años de prisión, a “Popeye” por 300 asesinatos lo condenaron a 23”.

Pues bien: lo primero que habría que decir, es que de acuerdo a lo que los colombianos vemos atónitos todos los días en el campo de la justicia, no es que la política criminal siga siendo objeto de bandazos, sino que literalmente no existe, entendida como una política pública coherente y consultada con nuestra idiosincrasia y cruda realidad social, en tanto nos movemos en la materia a ritmos que yo llamo epilépticos de aplicación de normas y sistemas foráneos, que funcionan bien en otras latitudes pero aquí conducen al caos y al incremento de la delincuencia, particularmente la de cuello blanco que es la comete los mayores crímenes contra la sociedad, y concretamente de la clase política que se roba sin saciarse el presupuesto público en medio de la más rampante impunidad, como que paga penas irrisorias cuando son descubiertos por una justicia tarda y sin dientes, de la mano de una legislación penal permisiva llena de gabelas y  hecha en el Congreso a la medida de esa gran delincuencia que cabildea para beneficiarse unos y otros, cuando tengan en caso extremo que responder por sus fechorías.

En segundo lugar, por eso no es que las penas estén desajustadas como lo dice el ex ministro de Justicia, sino desequilibradas pero para el lado de esa gran delincuencia, al punto de que el delincuente de poca monta termina pagando más pena que los grandes delincuentes que son los de cuello blanco que actúan de manera organizada en auténtica asociación para delinquir asaltando el Estado que los trata con benevolencia, y cuando finalmente los condena,  pagan sus penas en reclusiones de 5 estrellas, cuando el delincuente raso tiene que cumplirla  en ergástulas miserables y hacinados, sin posibilidad alguna de resocialización.

De ahí que no es de recibo que se diga que María Eugenia Rojas como madre del convicto ex alcalde de Bogotá Samuel Moreno,  señale que mientras su hijo fue condenado a 40 años de prisión por peculado, a “Popeye” lo condenaron a 23, porque ambos pertenecen a la gran delincuencia de uno y otro pelaje con diferente origen, y por lo tanto no sirve de comparación para tratar de minimizar los crímenes atroces cometidos por la clase política que posando de decente y con respaldo en las urnas, se roba el país en grande al ritmo de billones poniendo  más muertos  que los que  confesó el gatillero de Pablo Escobar. Por eso, el desequilibrio en las penas realmente se encuentra, como se ha dicho, entre lo que tiene que pagar un delincuente menor y un gran delincuente en uno y otro sitio

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