OTRA VEZ, LA TRAGEDIA DEL CAFÉ

Actualidad Columnistas

Por Carlos Tobar.

En estos días que corren la situación de los caficultores colombianos es de gran incertidumbre. Los precios de compra de café están por los suelos. En la Bolsa de Nueva York, donde se establece el precio de referencia para el mercado mundial, los cafés suaves se pagan a menos de un dólar la libra.

Aunque la producción mundial de café es un poco superior a la demanda, para el año cafetero 2017/18 se tiene una producción de 168,4 millones de sacos y un consumo estimado de 162, 23 millones de sacos, la verdad es que el crecimiento excedentario de la producción, no explica la fuerte y continuada caída de los precios.

Los precios de 1983, en plena vigencia del acuerdo mundial del café, eran tres veces superiores al que hoy reciben los productores de café. En ese tiempo, el precio se establecía tomando en cuenta los costos de producción, la utilidad adicional y se manejaba un mercado de cuotas para los países productores, utilizando un mecanismo de crecimiento de mercado determinado por la demanda.

Fue llegar el “libre mercado” con el rompimiento del pacto en 1989 y un mercado oligopsónico (pocos y grandes compradores de países ricos) terminaron por arrodillar a los millones de pequeños productores campesinos y empresarios de los países en desarrollo. Hoy, la concentración de compra de café mundial está en manos de un puñado de grandes empresas transnacionales que suman el 75% de la demanda: Nestlé (Bonka), Sara Lee (Marcilla), Kraft/Philip Morris (Saimaza) y Procter & Gamble. En un mercado así, se deposita en ellos el control y el poder sobre los precios y las cantidades de un producto en el mercado.

Como si eso no fuese ya un problema, a lo largo de estos 30 largos años de “libre comercio”, se refinaron los mecanismos financieros que a través de las bolsas de valores especulan y esquilman a los productores de commodities. Si la pelea es dura y violenta en un commoditie de tanto peso como el petróleo, que libra una batalla sin cuartel con una organización de peso como la OPEP para impedir el envilecimiento del precio, ¿cómo no serán vapuleados los pequeñísimos y desorganizados productores de café o cacao o te?

El funcionamiento de este mecanismo es vulgarmente perverso: en las bolsas de valores de commodities no se transan productos físicos sino productos financieros (futuros) lo que lleva a inflar de manera ficticia el volumen comerciado. Veamos un ejemplo:  en 2015 el comercio de futuros con maíz superó 30 veces la cosecha de maíz en Estados Unidos y 11 veces la cosecha mundial. Los Estados Unidos produjo 345 millones de toneladas de maíz, el mundo 968 millones de toneladas de maíz y, en las bolsas se negociaron 10.553 millones de toneladas de futuros de maíz. Un absurdo.

Las especulaciones con los precios son pan de cada día. Las tendencias a la baja o al alza se dan de acuerdo a las necesidades de los tiburones financieros, no de los pequeños productores. El mundo de la desigualdad en toda su expresión. Ellos son el verdadero poder.

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