UNA EDUCACIÓN QUE INDIGNA

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 La educación que se imparte en las escuelas públicas me indigna por las condiciones a las que el Estado la ha sometido. Esta educación entregada como servicio en salones destartalados, atiborrados de niños, niñas y jóvenes cuyos rostros expresan la orfandad de un Estado que sólo privilegia a quienes tienen más, a quienes han gozado de lo mejor de los saberes y de la cultura, es menos que indignante. Esta educación indigna no es educación sino pura instrucción. La diferencia entre educar e instruir es de gran calado, pues educar es hacer florecer lo mejor de la humanidad en el ser de la infancia mientras que la instrucción fabrica la docilidad y está repleta de obediencia.

La educación que se imparte en las escuelas públicas está atiborrada de formatos y con ella se promueve la verdadera finalidad de la instrucción que no es otra cosa que la formación de un individuo sin pensamiento ni crítica. Esta educación que se imparte en las escuelas públicas ha sido avasallada por un régimen de formatos y sostenida en un discurso de calidad. La calidad es el tema oculto de la docilidad, mecanismo supremo para instalar en los más pobres la creencia de que llegar a la cúspide es posible si se es dócil.  Esta educación indigna está repleta de calidad lo que no es cosa distinta que hacer de los saberes de la humanidad un mecanismo para competir en un mercado de indignidades.

La educación repleta de calidad es indignante no sólo porque ella promueve el ideal de la fabricación del hombre-máquina sino, además, porque oculta la verdadera finalidad del acto de educar: formar seres humanos críticos, pensantes, creativos, dispuestos a ver en el otro un modo para salir de la miseria y gozar, en igualdad de condiciones, de las riquezas del país. Esta educación se fabrica allí donde el capital mundial dicta y decide cómo debe ser esa educación para los más pobres. Que ellos no piensen, que no tengan derecho a soñar un mejor país, que no se den cuenta que sus recursos naturales son espoliados por el gran poder del capital y que, en lo posible, crean que con la educación centrada exclusivamente en las disciplinas, los hará libres. Esta educación es indignante porque le hace creer a los más pobres, a los desheredados de la tierra, que tendrán un futuro mejor aunque los cupos en la universidad sean también un premio que hay que ganar.

Esta educación indigna le dice a la ciudadanía que el maestro, los maestros, son los culpables de la parálisis del país. Ella, indigna por su naturaleza y condición, le hace creer a los padres que los maestros de sus hijos son los culpables del deterioro social. Esta educación indigna crea esos fantasmas en la psiquis de la ciudadanía y para ello se apoya en los medios de comunicación cuyo papel no es otro que tergiversar la realidad de esta educación indignante. Esta es la indignidad de una educación pública que el Estado entrega miserablemente y de mala gana. Es una educación indignante porque les entrega los recursos a los más ricos en detrimento de los más pobres. Esta educación empodera a los dueños de la educación sobre la miseria de la educación pública. Ella es indignante en todo y por todo.

Esta educación indigna está agotada, pues no resiste un argumento más, y menos en las condiciones en que ella se imparte; ella no puede ser nombrada como de calidad. La calidad es el sofisma de la docilidad; no lo olvidemos. La calidad ha transformado a los maestros y maestras en funcionarios instructores y ha desterrado de las instituciones escolares lo mejor de la pedagogía. La educación indigna corre tras los métodos de evaluación, segrega a los maestros, les impone un decreto cuyas condiciones los hace obreros de un sistema indigno. Esta educación sólo ve en las pruebas estandarizadas la materia de un discurso de sometimiento.

La educación indigna lo es por los malos salarios que devengan quienes forjan el sentimiento de un mejor país. Es indigna, igualmente, porque enseña lo que no es necesario en nuestro país y porque crea la ilusión de los rankings como si ello fuera la fuente de nuestra felicidad. Esta educación fragiliza la esperanza de una mejor sociedad, la fragiliza incluso en su convicción moral. Esta educación es indigna porque machaca, día y noche, a través de los medios, el ideal de que todo vale y el que piensa pierde. Esta educación no puede ser llamada educación sino instrucción o puro sometimiento.

Contra esta educación indigna que vuelve miserable el espíritu de los maestros y maestras es justo revelarse. Este es el valor del paro nacional de los maestros que apoyo en mi condición de intelectual de la educación. Contra esta educación que le hace creer a los más pobres que si pasan todo el día en la escuela pueden recibir un almuerzo, es justo revelarse y decir ¡basta! Esta educación miserable que el Estado entrega de mala forma convierte a la escuela en un gran restaurante; y en esta condición, la educación indigna es un mecanismo para apaciguar la voluntad de crítica y la rebeldía contra la docilidad. Muchos niños y niñas no van a la escuela por el gusto de aprender sino por la oportunidad de recibir un almuerzo; eso no se puede llamar educación sino control.

Las reclamaciones del magisterio son dignas, justas y necesarias. Señor Presidente, Señora Ministra, sólo cuando nosotros los colombianos seamos capaces de atrevernos a pensar la educación que deseamos como país y sociedad, ese día la educación dejará de ser indigna, dictada por la OCDE o la Banca Mundial. La educación no debe ser de calidad sino buena y entre la calidad y lo bueno hay una distancia semántica soportada por la dignidad como país.

Con firmeza para los Maestros y Maestras

Armando Zambrano Leal, Ph. D. Profesor Universitario

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1 thought on “UNA EDUCACIÓN QUE INDIGNA

  1. EXCELENTE DOCUMENTO , DOCTOR ARMANDO.LA MALA EDUCACIÓN ES POLÍTICA DE ESTADO IMPULSADA POR ESTE GOBIERNO Y ENTREGUÍSTA.GRACIAS.

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