POSCONFLICTO Y HUMANIDADES

Actualidad Columnista

Por Aníbal Charry González

Recientemente en una entrevista publicada en El Tiempo, el director del Departamento de Historia- Escuela de Filosofía y Humanidades de la Universidad Sergio Arboleda, José Ángel Hernández García, expresaba atinadamente que en este momento en que muchos se suben al carro oportunista del posconflicto, “viendo beneficios a corto plazo, las humanidades vuelven a ser obviadas por una pléyade de tecnócratas que no reparan en que el posconflicto no es un problema técnico, sino que es en esencia un asunto social y cultural que difícilmente terminará sin analizar cuáles fueron las causas sociales que hicieron de Colombia un caso de violencia particular en un contexto general de desigualdades”

Y es que el nervioso asunto toca nada más y nada menos, que con la clase de formación que estamos impartiendo en las universidades, donde se privilegia  el ánimo de lucro para recibir por legiones estudiantes sin mayor rigor selectivo, inculcando como lo expresara el profesor Hernández García como finalidad profesional el mercantilismo y el pragmatismo utilitario del conocimiento, desprovisto por supuesto del sedimento humanístico  formativo para que los futuros profesionales puedan ser útiles a la sociedad comprendiendo la complejidad de su problemática para aportar a sus soluciones, en tanto este sedimento formativo es el que los hace verdaderamente pensantes y preocupados por los problemas de su país y así poder contribuir a  organizarnos socialmente, que no es más que esa necesidad inevitable de que hablara Kant de contrastar permanentemente el conocimiento con la realidad social.

No hay duda de que si queremos formar profesionales en todas las áreas del conocimiento que le sirvan a nuestra convulsionada, corrupta y violenta sociedad, hay que acudir en la academia a una formación integral que incorpore las humanidades para que de esta manera puedan hacer su aporte  comprendiendo nuestra cruda realidad  de codicia extrema por el poder político y económico, la violencia y la corrupción que nos han sumido  en la inequidad y el subdesarrollo; en la concentración de la riqueza en unos pocos y la distribución de la pobreza en muchos, y donde los ricos poseídos por el lucro como única motivación de vida como dijera el Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, quieren el gobierno para robarle a los pobres y para que le den la plata a ellos, y los banqueros quieren que el Gobierno preserve exclusivamente los intereses de las empresas y las élites como ha sucedido inveteradamente en Colombia.

Resulta urgente, entonces, que deje de rendírsele culto a la crematística en las universidades en la formación de nuestros futuros profesionales, volviendo como en el Renacimiento a las humanidades, que de la mano con las nuevas tecnologías de la información harán posible la construcción de un nuevo país, -entendiendo que no tendremos verdaderas universidades sino simplemente institutos de formación técnica o tecnológica para tener éxito económico individual-, de tal manera que ningún profesional podrá ejercer su oficio  si al final de su proceso formativo no es capaz de demostrar que además de tener una sólida preparación técnica,  tiene verdadero conocimiento de nuestra historia y de la realidad social, política y económica.

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