¿PARA DONDE VA EL PARO?

Por Eduardo Gutiérrez Arias.

El Paro Nacional (nótese que lo escribo con mayúsculas, como corresponde a un evento que ya adquirió identidad propia), convocado inicialmente para el día 21 de noviembre, que se prolongó en los días siguientes con cacerolazos, velatones, chocolatadas, canelazos, conversatorios, abrazatones, conciertos musicales, danzas, teatro, y otras expresiones artísticas, culturales y deportivas (futbol, basquetbol, volibol, etc.), ya lleva 10 días cuando escribo este artículo y no tiene signos de terminar. Los principales objetivos de la protesta son alcanzar un viraje en la políticas económicas y sociales del gobierno, rompiendo con el modelo neoliberal (reducir el desempleo, mayor estabilidad en el trabajo, incremento del salario mínimo, reducción de impuestos para los pobre y mayores impuestos para los ricos (contrario a cuanto ha pretendido Duque con su reforma financiera), freno a la corrupción, aumento de la inversión en educación y salud, reforma a la ley 100 de seguridad social en salud, freno a la violencia y los crímenes contra líderes sociales, campesinos e indígenas, cumplimiento de los acuerdos del Estado con las FARC, impulso de la reforma agraria allí pactada y consignada en varias leyes, regreso a la mesa de negociones con el ELN e incluso con los otros grupos armado ilegales, respeto del gobierno a la protesta social y desmilitarización de las ciudades).

Como se observa, buena parte de las peticiones son contrarias al programa de gobierno con el que Duque ganó las elecciones hace año y medio y eso vuelve cualquier negociación demasiado difícil y engorrosa. Para contribuir a dilatar este proceso, el presidente quiere meter en una sola mesa, los organizadores de la protesta con los empresarios y gremios de la producción, donde espera lograr apoyo para sus tesis neoliberales. Pero este modelo económico es el que está en crisis no sólo en nuestro país sino en toda América Latina y el que ha provocado la gran oleada de protestas en el continente. Un viraje no significa necesariamente la caída del gobierno, pero sí que este acepte modificaciones sustanciales a sus políticas de Estado. Eso debería expresarse en el propio equipo de gobierno que debería reconstruirse como fruto de un Gran Acuerdo Nacional (así, con mayúscula), tarea nada fácil pero tampoco imposible. Así se estaría abriendo un camino a la paz, la reconciliación y la equidad social. Para lograrlo es necesario aislar a la extrema derecha uribista que sólo quiere el endurecimiento del régimen y la ilegalización de la protesta. En las mayorías.

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