PANDEMIA: ¿POR QUÉ LAS GRANDES DIFERENCIAS ENTRE PAÍSES Y ENTRE REGIONES DE COLOMBIA?

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La adopción oportuna o la demora en adoptar medidas por parte del gobierno, y la desigualdad en el acceso a los servicios de salud, parecen ser las claves de lo que está pasando.

Por María Emma Wills – Profesora invitada de la Facultad de Artes y Humanidades, Universidad de los Andes (Tomado de RazonPublica.com)

ENORMES VARIANTES

Aunque se trate del mismo agente patológico, la llegada del virus no ha causado los mismos estragos en todos los países del mundo. El impacto ha sido muy distinto inclusive entre países con un nivel similar de desarrollo -como decir Alemania, Francia y Estados Unidos; Corea del Sur y Singapur; Chile y Colombia– y aunque además estos países compartan el modelo “neoliberal” que algunos señalan como responsable de la debacle.

Las diferencias son enormes. Según las estadísticas compiladas por el la Universidad Johns Hopkins para el 30 de mayo, China reportaba 84.128 contagios y 4.638 muertes por Covid-19, con una tasa de mortalidad de 0,33 por 100.000 habitantes, una de las más baja del planeta; entretanto Estados Unidos -donde las primeras pruebas de laboratorio salieron defectuosas- reportó 1.770.165 personas contagiadas y 103.781 muertas, para una tasa de mortalidad de 31,42 por 100.000 habitantes.

En Alemania –con un sistema de pruebas masivo y aplicado con rapidez- se habían confirmado 183.189 contagios y 8.530 defunciones, para una tasa de 10,25 por 100.000 habitantes. Por contraste, Bélgica, España, Gran Bretaña, Italia y Francia tienen las tasas de mortalidad reportada más altas del mundo, respectivamente: 82,56; 58,05; 57,52; 54,99 y 42,97.

En el extremo opuesto -y a pesar de su frontera con China- Vietnam ha reportado apenas 328 contagiados y ningún muerto; Corea del Sur, con más de 11.468 contagiados reporta apenas 270 muertes y una tasa de mortalidad de 0, 52 por 100.000 habitantes, casi tan baja como la de China.

¿CÓMO EXPLICAR ESTAS VARIANTES?

-China, donde primero se detectó el virus, tiene un régimen de partido único que silenció a los médicos que advirtieron del peligro y ocultó al mundo durante unas semanas preciosas lo que estaba ocurriendo. Pero ese mismo régimen de partido único, sin separación de poderes ni rendición de cuentas, fue capaz de coordinar rápidamente una acción estatal para producir pruebas de laboratorio, construir hospitales y establecer un sistema de vigilancia estricta para hacer cumplir las normas de confinamiento. De aquí la tasa de mortalidad tan reducida.

-Por su parte en Estados Unidos se conjugan una amplia autonomía de gobernadores y alcaldes y unas tradiciones libertarias individualistas, con un liderazgo presidencial populista, antiliberal y anticientífico, más un sistema de salud basado en un capitalismo excluyente que ha llevado a acuñar un nuevo término, el de “muertes por desesperanza”.

El presidente Trump se ha negado obstinadamente a reconocer la gravedad de la situación: antes de la pandemia había cerrado la Dirección del Consejo de Seguridad Nacional para la Salud Global y la Biodefensa, desatiende aún hoy públicamente las recomendaciones de los científicos y repite que las medidas de confinamiento son un despropósito para un país que siempre ha mantenido las libertades individuales y en particular la de movimiento. Aunque el manejo de la crisis podría afectar dramáticamente su popularidad, sigue contando con un 42,6% de aprobación en las encuestas, una cifra no muy distinta del 45,5% que registraba al comenzar su gobierno (enero de 2017). En estos días, unas minorías vociferantes se están tomando las calles, a veces fuertemente armadas, para respaldar sus consignas contra las medidas de confinamiento que mantienen alcaldes y gobernadores.

Algunos analistas predicen que la catástrofe que hoy por hoy golpea Estados Unidos -más de cien mil muertos por la Covid-19 y 41 millones de desempleados—implicará la pérdida del liderazgo internacional que adquirió a raíz de la II Guerra. Otros llegan a decir que la “otrora gran potencia” se ha convertido en un “Estado fallido” cuyo actual presidente no respeta la separación de poderes y el estado de derecho.

-En el otro extremo, en Alemania, Angela Merkel, doctorada en física, comprendió de inmediato la amenaza del virus y advirtió a la ciudadanía desde los primeros días de febrero. Creó un consejo asesor multidisciplinario, financió y organizó la producción masiva de pruebas de laboratorio, estableció los protocolos a seguir, y llegó a acuerdos con las autoridades regionales y locales para hacer frente al virus. A estas decisiones oportunas, se agrega un sistema de salud universal y robusto. Hoy, Alemania lleva a cabo una campaña de testeo aleatorio, casa por casa, y la gran mayoría de ciudadanos están dispuestos a colaborar porque confían en su liderazgo político.

-Otros países, como Corea del Sur y Vietnam, han logrado éxitos porque sus dirigentes desde un principio se tomaron muy en serio las implicaciones de la pandemia. Corea del Sur, con una formación médica integral y una experiencia previa con brotes de SARS y MERS, instaló un costoso sistema digital de rastreo de contagios centralizado (que algunos analistas critican por el riesgo que conlleva para la privacidad). Vietnam, que ya había tenido que enfrentar el brote de SARS en 2003, recurrió a una estrategia de bajo costo apoyándose en campañas pedagógicas masivas de prácticas de higiene –entre ellas, una canción que se hizo viral en poco tiempo— y un seguimiento “presencial” de los contagiados y sus posibles contactos.

-Mientras tanto en Francia, Italia, España y Gran Bretaña, los jefes de gobierno titubearon y al principio no creyeron en la letalidad del virus. En Francia se llevaron a cabo elecciones municipales sin estrictas normas de distanciamiento cuando el brote ya había sido detectado. Boris Johnson, primer ministro de Gran Bretaña, minimizo públicamente los riesgos del coronavirus. Haber desaprovechado estos primeros días o semanas tendría costos altísimos en vidas humanas, porque la población tardó en adoptar medidas de distancia social, lavado de manos, uso del tapabocas y permanencia en casa.

En conclusión, se diría que la adopción oportuna de decisiones por parte de las autoridades y la capacidad de un sistema de salud basado en la provisión universal del servicio, sí marcaron enormes diferencias en los impactos del virus. Contrariamente entonces a lo que suele pensarse, la presencia del modelo neoliberal no basta para explicar las consecuencias de la nueva pandemia.

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EL IMPACTO DE LA DESIGUALDAD SOCIAL

Pero las cifras anteriores también esconden diferencias. El énfasis inicial sobre ciertos aspectos médicos –edad, sexo y enfermedades preexistentes- ocultó información importante para apreciar el impacto de la pandemia. Por ejemplo, de Italia, Francia y España, sabíamos cuáles eran las regiones más contagiadas, pero no el origen étnico o la condición social de las personas que morían por el contagio.

La llegada del virus a Estados Unidos -y en especial el drama de Nueva York- hicieron evidente el efecto de la desigualdad sobre los riesgos de contagio y de muerte: los afroamericanos y los latinos estaban sobrerepresentados entre las víctimas. Estos dos grupos étnicos comparten el predominio de empleos precarios, cobertura de salud deficitaria, carencias alimentarias y falta de vivienda digna; precisamente por eso, la incidencia de diabetes, obesidad y otros factores de riesgo es mayor entre estas poblaciones.

De igual manera París, la “ciudad luz”, ha visto cómo la comuna de Saint Denis, habitada por migrantes y poblaciones discriminadas, está siendo duramente golpeada por las políticas de confinamiento, el hambre, el hacinamiento y el acceso precario a los servicios de la salud. Como en el Bronx o Queens en Nueva York, aquí es muy elevada la incidencia del asma, la diabetes y la hipertensión –lo cual explica la tan alta mortalidad por Covid-. También en Singapur, una ciudad-Estado aplaudida porque supuestamente había logrado contener el virus, ha revivido el foco de contagios y muertes entre los migrantes que trabajan en condiciones precarias y viven en enorme hacinamiento.

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VARIAS COLOMBIAS

En Colombia, particularmente en Bogotá, bastaría con recordar la frase de la alcaldesa hace un par de semanas: “quienes están muriendo no son los que viajaron al extranjero, se contagiaron y regresaron al país, sino los más pobres”. Quienes más mueren en el Distrito son habitantes de Suba, Kennedy y Engativá.

A lo anterior se agregan las también perdurables desigualdades territoriales. El mapa del ministerio de Salud las capta de manera muy diáfana; por ejemplo, mientras Amazonas cuenta con 8 camas de cuidados intermedios y ninguna de cuidados intensivos, en Bogotá existen 581 camas de cuidados intermedios y 991 de cuidados intensivos, que hasta el momento tienen una ocupación inferior al 50% (42, 69%). La situación angustiante de Amazonas se repite en Tumaco (ninguna cama de cuidados intensivos) o en Buenaventura (10 capaz para una ciudad de más de 300.000 habitantes).

Las diferencias anteriores no son un resultado de la casualidad. Son consecuencia de la manera cómo lo público se ha construido sobre la base de prácticas clientelistas-centralistas de largo aliento.

En Colombia, la enorme deuda social producto del clientelismo como forma de mediación entre Estado y sociedad adquiere hoy ese carácter obsceno que hace difícil mirar de frente las cifras, oír los noticieros, o empaparse de testimonios de dolor. Saber que los excluidos, los marginados, los discriminados son quienes corren el mayor riesgo de muerte produce o debe producir un sentimiento de daño moral entendido como “la herida causada a la conciencia de una persona cuando ella perpetra, atestigua o no puede evitar actos que transgreden sus propias creencias morales, valores o códigos de conducta éticos”.

Hoy, colombianos y colombianas de todas las condiciones sociales y de todos los rincones del país somos testigos permanentes de una desigualdad que marca la diferencia entre sobrevivir al virus o estar condenado a morir por no tener acceso a los servicios de una UCI. Frente a esta espantosa constatación, queda esperar que el sentimiento de daño moral se transforme en una voluntad política orientada a impugnar la complacencia pasiva que ha llevado a tolerar y normalizar la desigualdad en Colombia, convirtiéndolo en unos de los países más desiguales del mundo. Como lo han dicho algunas académicas, la pandemia podría convertirse en una “encrucijada civilizatoria” que nos lleve a repensar los fundamentos de nuestro pacto social y las nociones y prácticas que fundamentan lo público en Colombia.

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