LOS DERECHOS DE LOS MAESTROS

Actualidad Columnista

Por Carlos Tobar

Un país sin educación, es un país “condenado a las tinieblas exteriores, al llanto y al rechinar de dientes”, según la implacable sentencia bíblica. Si parangonáramos, es, de acuerdo a la interpretación teológica, la condición a la que se somete –en este caso una sociedad– que no ha sido capaz de hacer fructificar la mayor de las virtudes de sus gentes: el amor al conocimiento. Del saber, depende todo. Conocer el medio natural y social donde nos movemos, comprender sus leyes de funcionamiento, utilizarlas para mejorar la calidad de vida del ser humano y su sociedad, tener una relación amigable y respetuosa con los ecosistemas terrestres y sus especies, en fin, comportarnos como los seres inteligentes que somos, depende fundamentalmente de la educación. Todo este valor agregado, que es la acumulación, por prueba y error, de la experiencia humana sobre el planeta, la transmiten, como su misión esencial los maestros. Esos anónimos seres que, en la vida de cada uno de nosotros, ha cumplido la tarea de forjar en nuestras mentes conocimientos científicos, técnicas, valores, disciplina, generosidad…, son imborrables enseñanzas que nos acompañaran durante toda la vida; es posible que la flaca memoria humana nos lleve a olvidar sus nombres, pero sus improntas las llevamos por siempre en nuestras mentes.

En Colombia, desde hace muchos años, la política gubernamental hacia la educación ha sido un desastre. Desde que, siguiendo los lineamientos de las políticas neoliberales, se empezaron a mezquinar recursos para el sector educativo, reduciéndolos o, en el mejor de los casos, congelándolos, las carencias han sido la norma. La construcción y el mantenimiento de aulas escolares, las dotaciones de elementos educativos (laboratorios, bibliotecas, computadores, conexión a Internet, etc.), la vigilancia, el transporte para maestros y alumnos, la alimentación escolar, pero, sobre todo, la formación y capacitación permanente del factor determinante en el proceso de aprendizaje: el maestro, se han tenido que hacer con migajas.

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La disminución en el tiempo de los recursos asignados del presupuesto nacional para universidades, colegios, escuelas, jardines infantiles, han precarizado la educación pública, llevando progresivamente a la privatización del servicio. Sus implicaciones son graves para la sociedad pues, no solo lleva a que recursos importantes, especialmente de los menos pudientes, se deben dedicar a la formación de los hijos, sino que, crea condiciones perversas para la desigualdad social. ¡Qué diferencia con países avanzados como Finlandia, donde todos por igual asisten a las mismas instituciones educativas!

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El paro de los maestros, aglutinados en Fecode, tiene esa connotación. Es la batalla irrenunciable por el derecho a la educación. Toda sociedad, que quiera el progreso general debe pugnar por una educación avanzada, universal y al servicio del pueblo. No es una pelea simple por los salarios, o las prestaciones sociales, o la salud que, de por si son aspiraciones justas, sino por recuperar un derecho social que las élites están negando con su política mezquina. Esta pelea, es una de esas que los ciudadanos debemos respaldar porque de su éxito depende el presente y el futuro del país.

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