LO MÍNIMO DEL SALARIO MÍNIMO

Actualidad

Por Carlos Tobar

Si hay un tema que genera indignación en el país, es el de la pantomima anual sobre la definición del salario mínimo. Como en otras ocasiones he señalado, si no tuviese las implicaciones que tiene en la vida de la gente del común, sería un chiste…, un mal chiste. Porque, la parodia montada por la pandilla neoliberal que gobierna al país se repite año tras año con un libreto armado por los asesores internacionales de los organismos que regulan el crédito, que ya se pasó de trasnochado. No hay que hacer mucho esfuerzo para saber cómo será el resultado final. Con participación  o sin ella de los representantes de los trabajadores, en una concertación que trata, –pero no puede–, de ocultar el carácter procapitalista de la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Laborales y Salariales, donde oficia como sumo sacerdote el “bonzo sindical” Lucho Garzón.

En un país que se debate en una crisis económica de proporciones mayúsculas por la caída abrupta del precio de los commodities, particularmente del petróleo, pretender recomponer la tasa media de ganancia del capital a costa de los magros ingresos del trabajo, es descargar –hasta lo insoportable–, sobre los hombros de los más débiles dicha crisis. Y es una empresa criminal. Porque es una acción indebida y reprensible del gobierno ‘santista’, sacrificar el nivel de vida de la inmensa mayoría de colombianos cuyos ingresos si acaso bordean el salario mínimo. Con una inflación de precios desbordada: alimentos, servicios públicos, impuestos, arriendos, costos de educación y salud, transporte, etc., no es muy difícil concluir que la apretada del cinturón llegará hasta niveles indecibles.

Cuando la élite gubernamental acogió el dogma neoliberal, la cascada de normas que desregularon las actividades del capital, y que le entregaron a nombre de la eficiencia y la libre competencia todas las actividades económicas estratégicas privatizadas a tutiplén, permitiéndole que impusiera su ley sobre precios y tarifas, eran conscientes de que la debacle que estamos viviendo por la bancarrota de ese modelo económico, sería inevitable. Con sangre fría que asusta, aplicaron un modelo que entrañaba la eliminación de millones de puestos de trabajo de salarios aceptables, tanto en la industria como en la agricultura, que serían arrasados, como lo han sido por la ‘apertura económica’. El corolario ha sido la aparición de un mercado laboral informal, donde se rebuscan en una batalla cotidiana millones de desesperados trabajadores, muchos de ellos mujeres cabezas de familia o, incluso menores de edad, que tratan de sobrevivir bajo la ley de la selva del ‘libre comercio’. Estos son la mayor parte de los empleados de las estadísticas del DANE, que hacen ver a Colombia como “un país con un desempleo inferior a un dígito”. ¡Vaya estafa!

Este panorama es el que desnuda el ínfimo aumento del salario mínimo. Sufrimiento, más sufrimiento para los más débiles; ganancias, infinitas ganancias para el gran capital. El que lo dude que revise la factura de energía eléctrica de diciembre donde los colombianos todos, empezaremos a pagar las ‘insufribles’ pérdidas de los monopolios que generan energía; entre otros los que comprarán en enero a menos precio ISAGÉN. O, que esté atento a la reforma tributaria que subirá el IVA del altísimo 16%, al 18% o más.

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