LA MUERTE DE LARA

Actualidad Columnista

Por Aníbal Charry González

A raíz de la publicación del nuevo libro del periodista investigativo Alberto Donadío, el cual tuvimos oportunidad de comentar con participación del mismo autor en un debate organizado por Caracol radio y el Diario del Huila, donde se plantea la tesis con fundamento en un dictamen de medicina  forense del doctor Máximo Duque, de que Rodrigo Lara Bonilla había sido asesinado de una manera distinta a la versión oficial que todos conocíamos, expresaba que a mí no me había sorprendido la conclusión a que se había llegado, sabedor desde el momento en que ocurrió el magnicidio por la historia siniestra de este país, que a Lara lo había asesinado el establecimiento podrido y criminal que nos ha regido, penetrado hasta los tuétanos por la codicia por el poder político y el enriquecimiento ilícito, responsable por supuesto de todos los asesinatos de nuestros más conspicuos dirigentes, que por supuesto han quedado en la impunidad encubiertos por el mismo régimen  que los provocó a su propia conveniencia.

Porque eso es precisamente lo que ha ocurrido desde el magnicidio del mariscal Sucre, pasando por el del general Rafael Uribe que ya cumplió 100 años de impunidad, el de Jorge Eliécer Gaitán, el de Luis Carlos Galán, el de Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro, y el de Álvaro Gómez, y como no, el de Rodrigo Lara Bonilla, que ahora se confirma tuvo  participación el establecimiento siniestro de marras, que no es propiamente el Estado, sino una sinergia proditoria  de organizaciones legales e ilegales, llámense políticos, oligarquía bastarda, fuerzas de seguridad del Estado, narcotraficantes, paramilitares, bandas criminales y carteles de todo pelaje que tienen un solo fin: mantener ese régimen criminal para su propio beneficio, produciendo los crímenes de nuestros más destacados dirigentes para después encubrirlos con fines de impunidad, y por eso decía también que nuestro país tenía el récord mundial en magnicidios nunca esclarecidos.

El libro de Alberto Donadío por eso para mí no constituye una novedad, sino la confirmación plena de la omnipresencia de ese establecimiento criminal que hemos tolerado los colombianos durante 200 años sin reacción alguna, que nos ha condenado a tener una sociedad violenta y corrupta sin esperanza alguna de redención, porque cuando aflora en la sociedad un dirigente que promete combatir con decisión ese engendro del mal y redimirnos socialmente, surge su hacha asesina para segar su cabeza, como en el caso de Rodrigo Lara que murió heroicamente no solo por ese asedio criminal, sino abandonado a su suerte por la misma sociedad y la justicia, caído  como se comprueba ahora, con participación de fuerzas de seguridad del Estado, lo mismo que ocurrió con  Galán.

 Mejor dicho con “fuego amigo” como ha ocurrido tantas veces por cuenta de un organismo siniestro en buena hora desaparecido, que por sus siglas (DAS), ha debido denominarse como departamento administrativo de la siniestralidad de nuestro más destacados dirigentes, demostrado con el horror de saber que hoy se encuentra procesado por el crimen de Galán quien fuera su director, que hacía parte de ese establecimiento aterrador campeón en provocar y encubrir magnicidios.

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