LA COIMA, LA SIMPLEZA Y LA MEDIOCRIDAD

Por Carlos Alberto Ospina

No existe ningún dilema entre los desaciertos y las oportunidades, puesto que el grado de transparencia, la credibilidad y el rigor ético son identificados por los públicos de forma inmediata. La exposición informativa a través de las redes sociales está cargada de contenidos dudosos y argumentos comprometidos con intereses particulares u organizacionales. Nada es consecuencia del azar, responde a enfoques y a narrativas personales, falaces o verídicas.

El estilo define la intencionalidad de las imágenes y los textos con el fin de legitimar diferentes patrones de comportamiento, experiencias, sentimientos e intereses a favor o en contra de alguien. En este lugar se ubican algunos periodistas, opinadores y medios de comunicación funcionales conectados a un sistema político e ideológico que, por un lado, fragmenta la realidad y por el otro costado, induce a la averiguación errónea.

La manera cómo se comunica deja ver las decisiones acerca del enfoque, el contraste de las fuentes, la proporcionalidad, la prelación social y el equilibrio conceptual. El periodismo pasó de ser referencia obligada respecto de las redes sociales a depender de la búsqueda en línea, en muchas ocasiones, sin filtro ni verificación. En otras cuestiones, las herramientas de chequeo se aplican con posterioridad a la divulgación. El contacto directo con las fuentes, el trabajo de campo y la investigación son reemplazados por los grupos digitales, los boletines de prensa, la coima, la simpleza y la mediocridad.

La falsa posición mediática produce ganancias económicas y pérdida de confiabilidad. La expresión “dar gato por liebre” se manifiesta en el abandono del análisis de contexto, el enfoque tendencioso, el lavado de cerebros, el contagio de la mentira, la difusión parcializada y la falta de pautas representativas que conducen a la generalización. Sin ponderación comunicacional, la verdad fenece.

A nuestra profesión, no oficio, le hacen demasiado daño, las personas de dos caras que se arriman al árbol que mejor sombra da. Aquellos que mudan de piel y apuestan al caballo del poder de turno. Esos que hablan a borbotones y engolan la voz para encubrir su dejadez intelectual.

Por esto, en aras de la imparcialidad, el periodista que sea caja de resonancia y obedezca a compromisos de índole político, económico, filosófico e ideológico debería invocar la objeción de conciencia. Así prevalecen los motivos éticos por encima del engaño.

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