LA BARBARIE AMBIENTAL

Actualidad Columnista

Por Carlos Tobar

En aviso pagado en un medio escrito de la ciudad, la barbarie ambiental –en cuerpo de una ‘importante’ constructora local– mostró su peor cara: la mentira, el señalamiento, la difamación, la estigmatización y la amenaza. Porque el costoso aviso tomó la forma de una diatriba contra dos concejales de la ciudad, elegidos por el pueblo para representarlos, especialmente en la defensa de los intereses comunes. Que es precisamente lo que Mateo Trujillo y Leyla Rincón, hacen de manera consecuente.

Apelar, como lo hacen, a falsear la verdad frente a las obligaciones ambientales que como constructores, beneficiarios de un territorio y de un mercado puestos a su servicio, tienen con la ciudad y los ciudadanos es por lo menos una bellaquería, cuando no un delito. Es inaceptable el procedimiento utilizado por la constructora Santa Lucía S.A.S. de sindicar a los dos concejales con el calificativo de ‘agitadores ambientales’ como si se tratase de un delito grave cometido por ellos. Buscar de dar tal impresión a la opinión pública, cuál era su propósito, les salió mal. Mejor, ‘les salió el tiro por la culata’. Lo que han logrado es que la inmensa mayoría de los ciudadanos cerremos filas alrededor de los concejales protagonistas de esta historia. Y, ahora, la pelea es con los neivanos.

Sin embargo, la discusión de fondo que pretende ocultar la constructora, es si se está cumpliendo con las normas urbanísticas y ambientales establecidas en el decreto 1077 de 2015. Por ejemplo, no hay urbanización formal o informal que cumpla con la destinación obligatoria del espacio público al que tiene derecho la ciudadanía, que en una ciudad de tierra caliente como Neiva es de 15 m2 por habitante. Pero lo más grave es que la municipalidad en sus planes de ordenamiento territorial no ha incorporado o no hace cumplir la cartografía del IGAC, que es la plantilla básica que debe guiar la urbanización de la ciudad. ¿Por qué es importante que esto se cumpla? Porque se así lo hubiéramos hecho en el pasado, no existirían barrios como el Gaitán, o el San Carlos, o Los Guaduales, o Cándido Leguízamo, o las Granjas, o Canaima, o tantos otros en el oriente o el norte o el sur que amenazan desastre cuando llueve con fuerza y por períodos largos sin que existan los sistemas de evacuación o amortiguamiento necesarios. Situación que se agrava por la carencia de los alcantarillados de aguas lluvias que hacen de Neiva una ciudad frágil e inestable. Los nacederos, los humedales, las escorrentías, las quebradas, los riachuelos y los ríos hacen parte de un sistema hídrico que no se ha respetado y que, puede tener o tiene consecuencias catastróficas para extensas zonas: afectaciones sobre alcantarillados, vías, equipamientos urbanos, viviendas, etc., son resultados inevitables de la violación de normas y preceptos de urbanismo universales. Cuantos ciudadanos lo han perdido todo por fallas de planeación que son obligatorias, tanto para la administración municipal, como para los constructores privados formales o informales. Esto es lo que está en juego y no es de poca monta; por eso ni la amenaza ni la grosería se pueden tolerar.

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