¿QUÉ SE ESCONDE TRAS EL ATAQUE A LAS MONEDAS DE LOS PAÍSES EMERGENTES?

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Por: Carlos Tobar

En las últimas semanas, los mercados monetarios mundiales han estado marcados por una gran volatilidad. Fenómeno que afecta, de manera preferencial a monedas de varios países emergentes: Turquía, Argentina, Sudáfrica, Chile, Perú y Colombia. En el caso de nuestro país, la tasa de cambio dólar-peso se disparó superando la barrera de los $3.000 por dólar. Aunque hubo un respiro de unos días donde el valor volvió a estar por debajo de esa cifra, en esta semana, se acentuó la devaluación, tanto que los analistas no descartan una tasa de cambio de $3.100 pesos o más dependiendo de las turbulencias en los mercados financieros especulativos.

Aunque el ataque a la estabilidad de las monedas de los países emergentes, empezó con la imposición del gobierno de Trump, de fuertes aranceles a las importaciones de acero y aluminio provenientes de Turquía, lo que llevó a la disparada inicial en la caída de la lira turca, esa medida pareció ser la señal de largada de una agresiva campaña especulativa de los grandes jugadores en las bolsas de valores, contra varias monedas de países emergentes que presentan varias características comunes: en primer lugar, un fuerte endeudamiento, público y privado, especialmente del primero y, en segundo lugar, un desequilibrio negativo en las cuentas externas (una cuenta corriente de la balanza de pagos deficitaria) a más de un estancamiento de los ingresos fiscales por la incapacidad de recaudar fondos adicionales para cumplir con las obligaciones del creciente endeudamiento y con los gastos e inversiones internas. Estos últimos, conocidos como déficits gemelos, indicadores de debilidades peligrosas de la economía de un país.

Esas características las cumplen países como los mencionados arriba. Colombia en particular, producto de la aplicación de un modelo de “libre comercio” que se empezó a aplicar a comienzos de la década de los 90 del siglo pasado, “abrió” su economía para que, la dinámica del desarrollo interno se sustentara en la inversión de capital extranjero. Así, producto de las privatizaciones y de regulaciones favorables a la entrada de ese capital, terminó feriando sus sectores productivos (industria, agroindustria, agricultura e incluso, el sector comercio y el financiero). En todos, a lo largo de casi 30 años, permitimos que la tal “confianza inversionista” se quedara con el ahorro del pueblo colombiano, construido en decenas de años, sacrificando el bien más preciado de cualquier país: el trabajo nacional. Nos concentramos en la explotación y exportación de bienes primarios: petróleo, gas, carbón, minerales varios y lo que quedaba del café y otros productos agrícolas menores. Con la caída de los precios de los commodities, entramos en el peor de los mundos. Sin capacidad productiva propia, el endeudamiento público era inevitable, a más de otro negocio pingüe del capital financiero. Este cuadro es el que nos hermana con países como Turquía, o Sudáfrica, o Argentina. Un club poco apetecible, sobre todo si se entiende que la crisis que vivimos solo se puede pagar sacrificando al pueblo: los sectores asalariados y los productivos no monopolistas verán como, a la par que les reducen los recursos para atender sus necesidades sociales, les aumentarán hasta el suplicio los impuestos directos e indirectos.

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