LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA DEFENSA DE LOS VALORES DEMOCRÁTICOS

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Por Elmer Montaña

En estos tiempos nada es tan útil y necesario para formar la opinión pública como los medios de comunicación. La radio, la prensa y la televisión influyen de  manera decisiva en el conglomerado que participa en la toma de decisiones a través del voto, la movilización, la protesta, el consumo de determinados artículos y la utilización de ciertos servicios.

Los medios de comunicación son el vehículo que permite el ejercicio de los derechos a la libertad de prensa y  expresión y de otro lado al derecho de las personas a recibir una información veraz, objetiva e imparcial.

No pretendo hacer una categorización de los medios de comunicación, pero me atrevo a decir que en grado de importancia los columnistas (prensa escrita), periodistas, comentaristas y analistas de los noticieros de radio y televisión, son los principales creadores de opinión pública.

Es por esta razón que los medios de comunicación deben desarrollar su actividad dentro de unos parámetros éticos claros, que eviten la manipulación de la opinión pública mediante la tergiversación u ocultamiento de la verdad e impidan el favorecimiento de prácticas que representen peligro para la comunidad, las instituciones o los valores democráticos.

En términos generales los medios de comunicación colombianos han actuado con relativa libertad e independencia, no obstante, en los últimos años han sufrido una penosa transformación fruto de la politización e ideologización y, hay que decirlo, de prácticas corruptas.

A causa de este fenómeno los medios de comunicación, especialmente los noticieros, han perdido notoriamente la credibilidad, al punto que las informaciones, noticias y opiniones  que suministran son tomadas con pinzas por los destinatarios y el sistema judicial se ha visto obligado a resolver permanentes conflictos derivados de la divulgación de noticias falsas, amañadas o tendenciosamente editadas o manipuladas.

Los periodistas, columnistas, analistas, críticos, etc., son conscientes del poder que ejercen en la opinión pública y que esta puede ser utilizada para cambiar malos gobiernos, tumbar tiranos, abolir leyes injustas, promover la igualdad, la equidad y el respeto a la diversidad y el ecosistema.

También saben que la opinión pública encarna un peligro para la sociedad por cuanto es maleable, fácilmente influenciable y por su misma naturaleza irresponsable de sus actos.

El término vox populi vox dei es en realidad una exageración o al menos una consigna romántica que pretende defender la voz mayoritaria del pueblo, olvidando que las mayorías han tomado decisiones absurdas a lo largo de la historia. Fue una multitud unánime la que escogió a Barrabás y no a Jesús, según dice la Biblia y mediante el voto popular ascendieron al poder Hitler y Mussolini, artífices de la devastación de Europa y de la muerte de más de 50 millones personas.

Los formadores de opinión pública a través de los noticieros son los que tienen mayor audiencia y por lo tanto son los más influyentes.   Quisiéramos pensar que la posición que ejercen los obligaría a tener un mayor apego a la verdad y un compromiso ético con la defensa de los Derechos Humanos y  los valores democráticos. Pero la realidad es muy distinta.

Los noticieros que tienen cobertura nacional disputan la audiencia tratando de presentar la mayor cantidad de primicias y además cuentan con comentaristas y analistas permanentes, quienes integran, junto a los periodistas de profesión y locutores, las “mesas de trabajo” que contextualizan y analizan los hechos noticiosos.

Enfoquémonos en lo que ocurre cada mañana, muy temprano, en algunos de estos noticieros. El panel es variopinto y se integra con el aparente propósito de mantener equilibrio entre diversas corrientes políticas e ideológicas. Dependiendo el interés que despierte la noticia los panelistas se trenzan en acalorados debates que por regla general terminan en duros enfrentamientos. Hace algunos días el director de uno de estos programas pedía a uno de sus furibundos analistas que se calmara y le recomendaba que tomara agua para apaciguar su furia, el hombre no lograba sosegarse y estuvo a punto de llamar al linchamiento del candidato al que le hace oposición cada mañana. Lo paradójico es que su indignación estaba basada en la distorsión mal intencionada que él mismo había hecho de los acontecimientos.

Esa misma mañana, el director del noticiero de la competencia dejó en ruinas la credibilidad de un intrépido concejal por haberse atrevido a cuestionar los gastos de un alcalde. Con una velocidad que habría dejado pasmados a los cultores de la justicia expeditiva de los regímenes dictatoriales, en cuestión de pocos minutos el periodista hizo de entrevistador, investigador, fiscal, juez y verdugo del funcionario que fue llevado al paredón creyendo que estaba ejerciendo control político al burgomaestre.

Podemos multiplicar por mil los ejemplos. Cada día es una fuente inagotable de casuística respecto a los errores en que incurren quienes tienen la tarea de informar en forma transparente.

Hagamos la tarea de coger papel y lápiz y tomemos nota de las veces que estos comunicadores reescriben la realidad, alteran los hechos, inventan circunstancias, proponen motivaciones y fines que ellos solo conocen, refutan hechos con argumentos carentes de soporte, instalan en el oyente falsedades, imprecisiones, falacias y conjeturas, elevan la mentira a valores propios de la inteligencia, promueven acciones antidemocráticas contra las minorías y guardan silencio frente al atropello de los grupos mayoritarios, facilitan el desarrollo de estrategias de propaganda basadas en la mentira orientadas a destruir la imagen y la credibilidad de personas, grupos poblacionales, organizaciones e instituciones, etc., quedaríamos sorprendidos y alarmados de la manipulación de que somos objeto.

En un país aquejado por altos niveles de intolerancia y violencia es necesario educar a la opinión pública, por difícil que esto resulte. Al destinario de la información hay que enamorarlo del conocimiento, mostrarle el camino para que avance en la búsqueda de la verdad, mediante la discusión crítica y la confrontación racional y pacífica de sus propios elementos de juicio y de sus oponentes.

Hace pocos días la iglesia católica colombiana logró que los candidatos a la presidencia de la república firmaran un pacto de no agresión que “busca promover una cultura de respeto que se haga presente…en los barrios en las veredas y en los lugares más apartados del país”.

La iniciativa de la iglesia queda coja y resulta impracticable si quienes dirigen y trabajan en los medios de comunicación no suscriben igualmente un pacto por la verdad, la transparencia, la tolerancia, el respeto, la objetividad y la imparcialidad. Tal vez nunca lo hagan, pero las personas que los vemos y escuchamos tenemos el deber de exigirles que eliminen de sus prácticas los errores que conducen a que perdamos credibilidad en el más valioso aliado y protector de los principios y valores sobre los que están edificadas las sociedades democráticas.

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