FACEBOOK EN LOS TIEMPOS DE LA CÓLERA

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Por Camilo Sánchez (Tomado de la revista AVIANCA)

La red social se ha convertido  en un distribuidor de noticias poderoso. Por sus canales, sin embargo, también fluyen miles de contenidos falsos y discursos cargados de odio que han moldeado procesos políticos mundiales.

¿Debería haber un cambio de rumbo en las políticas de la empresa?

Situémonos en cualquier suburbio industrial de Macedonia, ese discreto país balcánico desmembrado de la antigua Yugoslavia. Se corre la voz entre adolescentes de que en Internet hay una novedosa forma de hacer dinero. Basta con trastocar el contenido de ciertos artículos en la red y conseguir la mayor cantidad de clics para monetizar la empresa. El trabajo empieza a dar réditos y algunos de estos jóvenes aprenden el oficio. A pesar de tener una vaguísima idea sobre la naturaleza del material que manipulan, llegan a reunir lo suficiente para comprar carros de lujo o descorchar botellas de champán en bares y casinos.

Del otro lado del Atlántico se hallan miles de internautas estadounidenses que reciben y difunden las patrañas made in Macedonia. El grueso de ellos de filiación republicana, fervientes seguidores y votantes del entonces candidato, hoy presidente, Donald Trump. El resultado de la operación transnacional resulta tan sutil como eficaz: reverbera los ánimos más primarios a través de un mosaico de ficciones que incluyen el apoyo del papa Francisco al magnate de Nueva York o supuestos cargos criminales contra la candidata demócrata Hillary Clinton, entre otros.

Las noticias falsas no son una novedad. Pero nunca habían viajado con tanta celeridad ni habían influido sobre tantos. A lo largo del mismo 2016, fenómenos similares se registraron en otros lugares. Un ejemplo es la campaña a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea (brexit). El triunfo del ‘No’ en el plebiscito del proceso de paz colombiano generó un intenso debate entre partidarios de uno y otro lado sobre la información que circuló a través de Facebook.

El brexit fue uno de los acontecimientos políticos del año pasado marcados por la difusión de las llamadas fake news. Foto: Getty Images – Christopher Furlong

El brexit fue uno de los acontecimientos políticos del año pasado marcados por la difusión de las llamadas fake news. Foto: Getty Images – Christopher Furlong

Los problemas más espinosos que afectan a la revolución digital afloraron. Políticos, jueces, periodistas y académicos de medio mundo abrieron múltiples interrogantes: ¿Son las fake news una amenaza para las democracias liberales? ¿Qué responsabilidad les atañe a las redes sociales en su difusión? O ¿bajo qué parámetros funcionan, realmente, estas plataformas?

Paños de agua tibia

La firma de Mark Zuckerberg sostuvo, hasta hace muy poco, que la suya era una plataforma neutral y no un medio de comunicación. Su razón de ser, repetían, era facilitar la conexión entre personas e ideas. Pero la red se convirtió en un canal potente para la difusión de noticias. Y de basura y de mentiras y de videos de asesinatos también.

En California contrataron a cientos de personas para tratar de editar el contenido. La avalancha desbordó a los llamados ‘curadores’ y en ciertas ocasiones hubo acusaciones de sesgo político con preferencia hacia la información de medios liberales. Las directivas optaron por utilizar un sistema de inteligencia artificial (algoritmo) que, además de hacer las veces de criba y asegurar una debatible imparcialidad, distribuye la información de forma personalizada apoyándose en las preferencias, características o gustos del usuario.

El algoritmo es uno de los asuntos más polémicos, tanto por su borrosa intromisión en la vida privada, así como por su papel en la radicalización política. “A los usuarios solo se les muestra un contenido acorde con sus creencias. Con esto lo único que consigues es reforzar los prejuicios del lector”, afirma Pete Vernon, especialista en medios de la revista Columbia Journalism Review. Habría que añadir que el funcionamiento de la plataforma privilegia la intensidad en la interacción, con y entre la audiencia. A mayor número de ‘me gusta’ o ‘compartido’, más espacio en las pantallas. Es decir, terreno fértil para los impostores al acecho de atajos para hacer dinero, sacar ventajas políticas o mimetizar falacias.

Para el periodista estadounidense David Uberti, colaborador en temas de medios para diarios como The Guardian de Londres o The Boston Globe, el debate se debería centrar “en la forma como Facebook y las demás redes sociales manipulan y monetizan la atención humana. Esta red social se ha estructurado para captar el mayor compromiso de los usuarios, a una escala masiva, y nosotros como sociedad no nos hemos tomado mucho tiempo para reflexionar en los efectos éticos, políticos o consecuencias sociales de esto. Las noticias falsas no son más que un síntoma de un problema mucho más grande”.

Como jefa de operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg ha tenido que capotear la polémica por la difusión de noticias falsas en la red social. Foto: Getty Images – Jerod Harris

Como jefa de operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg ha tenido que capotear la polémica por la difusión de noticias falsas en la red social. Foto: Getty Images – Jerod Harris

Las medidas que se han ensayado, como delegar en organizaciones externas el proceso de filtración de contenidos basura, han arrojado resultados modestos. Tratar de regular un invento con 1.700 millones de perfiles activos hace que cualquier empresa de carácter editorial sea, a la larga, inviable.

¿Qué otras soluciones habría? Por un lado, mayor coordinación entre la red social y los medios. Pero mientras la empresa periodística resuelva sus propios afanes, grandes diarios como el New York Times han apelado a la confianza de sus lectores para ofrecer buenas ofertas, mejor contenido y con esto dirigirlos directamente a sus aplicaciones o páginas web sin pasar por intermediarios.

También sería muy apropiado un ajuste de tuercas, tanto al algoritmo como a las políticas publicitarias. Lo explica Jordi Pérez Colomé, periodista digital del diario El País de España: “Facebook no debería por tanto permitir que alguien pagara por publicar sus mentiras en feeds de otros. Pero aquí volvemos a la casilla de salida: más allá de una mentira flagrante, ¿qué está bien y qué está mal publicar? No es un debate sencillo”.

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