MARRULLERO, TRAMPOSO Y NEFASTO

MARRULLERO, TRAMPOSO Y NEFASTO

Por Aníbal Charry González.

El inquisidor Ordóñez,  defenestrado de su cargo que deshonró durante más de 7 años haciéndose elegir y reelegir con martingalas propias de la politiquería nacional que lo entronizó con las componendas de siempre arrasando con nuestra  Constitución de libertades y el ordenamiento jurídico que se supone  debía defender para hacer prevalecer sus fanáticas convicciones religiosas y su moralidad medieval de la mano del Antiguo Testamento. Aunque tardíamente, gracias a su alarde de marrullería que hizo posible la dilación del fallo que debió proferir el Consejo de Estado hace mucho rato, interponiendo toda suerte de recursos, recusaciones  y parte patas procesales al mejor estilo de la miríada de rábulas que salen en serie de las facultades de Derecho a entorpecer mercenaria e impunemente el funcionamiento de la justicia, dejando la más alta cota de pésimo ejemplo de lo que debe ser el correcto ejercicio del derecho.

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 Y burlándose además de la justicia, al salir a deslegitimar la decisión al mejor estilo laurouribista (de Laureano y Uribe, claro), al afirmar con vileza oportunista e  incendiaria propia de su caletre politiquero, que su destitución por corrupción -porque esa es la verdadera lectura de la sentencia depuradora del Consejo de Estado-, había sido en cumplimiento del primer pacto de La Habana entre Santos y Timochenko. No podía ser más abyecto e irrespetuoso con la majestad de la justicia, sindicando de mandaderos a  los magistrados que en forma aplastante en el fallo que los enaltece, volvieron por los fueros de la Constitución, el derecho, la decencia y la Justicia.
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 No hay duda que ha sido el más nefasto Procurador de que tengamos memoria, que obliga a una reflexión sobre la forma desviada en que se designan lo más altos funcionarios del Estado producto de las artimañas y pactos politiqueros de todos los tiempos para asegurar el carrusel del  “ustedes me elijen y yo les nombro a sus familiares y a sus validos”, -que el Consejo de Estado en buena hora está tratando de conjurar-, que ha abroquelado la perversión de la administración pública. Porque solo a través de esos pactos simoníacos se hizo posible que un fanático religioso  de formación medieval y oscurantista, con antecedentes de pirómano de libros liberales y progresistas fuera elegido y reelegido en pleno siglo XXI para vigilar el cumplimiento de la Constitución, las leyes, las decisiones judiciales y proteger los derechos fundamentales y representar los intereses de una sociedad pluralista de un Estado laico.

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Y de adehala, enemigo redomado de la paz en un país que ha vivido sumido en la violencia precisamente por la actitud de estos fanáticos incendiarios que pululan en esta decimonónica Colombia provocando la muerte y la destrucción como enseña política donde la mortandad la pone siempre el pueblo raso, mientras estos politiqueros se las arreglan para repartírsela a dentelladas en medio de la  jarana de la corrupción en la administración pública, que es la verdadera plaga bíblica que debemos derrotar que priva de la satisfacción de las más elementales necesidades del pueblo colombiano. Hasta nunca inquisidor Ordóñez.

 

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