FAKE NEWS EN LA ERA DEL CORONAVIRUS

Por Paula Pinzón (Tomado de Razón pública).     

EPIDEMIA DE DESINFORMACIÓN

Las noticias falsas sobre la COVID-19 se han propagado a la par de la pandemia. En las últimas semanas, WhatsApp, Facebook y Twitter se han inundado de cadenas, artículos e hilos que reproducen información falsa o engañosa sobre el virus que tiene en jaque al mundo entero.

Titulares como “El virus fue creado en un laboratorio por las farmacéuticas” o “Cuba ha fabricado una vacuna contra el coronavirus en tiempo récord” han circulado tan rápido como los comunicados que aseguran que el Ministerio de Salud ordenará el cierre de varios servicios a causa de la pandemia y los mensajes de voz que recomiendan pruebas caseras para descartar el virus y tomar bebidas calientes cada 15 minutos para erradicarlo en caso de contraerlo.

Aunque algunas de estas falsedades son risibles por su falta de verosimilitud, todas representan un peligro para la sociedad porque transmiten ideas equivocadas sobre el virus y pueden llevarnos a desacatar las recomendaciones de los verdaderos expertos o a tomar decisiones que atentan contra el bienestar individual y colectivo. En los últimos días, hemos sido testigos de casos dramáticos que ejemplifican el daño que la información falsa o engañosa puede provocar.

Después de que Donald Trump afirmó en una rueda de prensa que la hidroxicloroquina y la cloroquina – dos medicamentos usados para tratar la malaria – eran “revolucionarios” y podrían “cambiar el juego” en el tratamiento de la COVID-19, cientos de estadounidenses los acapararon desabasteciendo varios estados. Como si fuera poco, el pasado miércoles, un matrimonio de Arizona se intoxicó tras consumir un producto para limpiar peceras que contenía cloroquina con el fin de ‘inmunizarse’ contra el virus. El hombre murió y la mujer está en condición crítica.

Todo esto sucedió a pesar de que la OMS condenó el uso de medicamentos sin pruebas y aclaró que aunque los fármacos mencionados por Trump se asocian con la reducción de la carga viral en pacientes con COVID-19, no se han realizado los ensayos clínicos necesarios para comprobar su eficacia y, por ende, nadie debe consumirlos por cuenta propia.

¿Cómo explicar que sigamos siendo víctimas de las fake news pese a que existen cientos de sitios donde podemos encontrar información veraz y confiable? ¿Por qué caemos una y otra vez -aunque los medios y las instituciones se dedican a desmentir la información falsa-? Y la pregunta del millón: ¿cómo podemos combatir esta epidemia de manera eficiente?

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TIPOS DE FAKE NEWS

Antes de abordar estos interrogantes, es necesario aclarar que las noticias falsas no deben ser comprendidas como un grupo homogéneo porque no todas persiguen los mismos objetivos ni tienen los mismos grados de verosimilitud y de carga ideológica.

En el caso de la COVID-19, es posible identificar al menos tres grandes tipos de fake news: las teorías conspirativas, los bulos relacionados con instituciones gubernamentales y los consejos falaces o engañosos.

El primer tipo abarca las teorías que atribuyen el origen del coronavirus a la acción secreta de grupos poderosos. Estas conjeturas carecen de toda evidencia, buscan explicar un fenómeno complejo de forma simplista y suelen presentar una gran carga ideológica. Algunos ejemplos son las ‘teorías’ de que el virus fue creado por las farmacéuticas para vender vacunas, por el gobierno estadounidense para frenar a la locomotora china o por el gobierno chino para ‘destronar’ a Estados Unidos.

Debemos ser más cuidadosos con la información que nos envían nuestros seres queridos y recobrar la confianza en la ciencia que los políticos irresponsables han minado.

Foto: Secretaría de Estado de Tennesse. Guía completa para combatir del coronavirus

El segundo consiste en información inventada, tergiversada o exagerada para desprestigiar a las entidades de las que habla y/o para confundir o estafar a los receptores. El supuesto cierre de servicios por parte del Ministerio de Salud, los sesenta mil pesos que la Alcaldía de Medellín le otorgaría a los venezolanos y los siete millones que el Ministerio de Trabajo les concedería a los trabajadores –a cambio de sus datos bancarios– son ejemplos de este tipo de bulos.

El tercer y último tipo se refiere a la información falsa, engañosa o sin evidencia suficiente que pretende ‘ayudar’ al público a prevenir o a combatir el virus. Por lo general, esta información no tiene carga ideológica y es percibida por los receptores como bienintencionada. Las polémicas afirmaciones de Trump sobre la hidroxicloroquina y la cloroquina y los audiomensajes que reproducen consejos como tomar Vitamina C y evitar el Ibuprofeno forman parte de este grupo.

Como mostraré a continuación, hay un conjunto de razones sociales, psicológicas y cognitivas que además de explicar por qué somos tan propensos a creer en estos tres tipos de noticias falsas, ofrecen insumos para combatir esta epidemia de forma eficaz.

EXCESO Y FALTA DE CONFIANZA

Aunque nos cueste admitirlo, es frecuente que amigos y familiares nos envíen información falsa a través de redes sociales. Como tenemos un vínculo afectivo con ellos, nos cuesta desconfiar de la información que nos envían y, por ende, somos muy propensos a creer en ella, aunque sea falsa o engañosa.

Paradójicamente, sucede lo contrario con el conocimiento médico y científico, pues cada vez somos más reticentes a confiar en él. En un artículo publicado por la revista Time, el historiador Yuval Harari señala acertadamente que en los últimos años, políticos irresponsables han socavado deliberadamente la confianza en la ciencia. Los ejemplos abundan en nuestro continente: Daniel Ortega convoca ‘marchas del amor’ para combatir el coronavirus, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) enfrenta la crisis con amuletos y estampitas y Jair Bolsonaro pone en duda la cifra de muertes que ha provocado el virus en Italia y le pide a los brasileros que vuelvan a trabajar con normalidad. La desconfianza en el conocimiento médico y científico explica que algunas personas estén dispuestas a creer que el virus se fabricó en un laboratorio, así la comunidad científica ya haya comprobado que este se originó de forma natural.

En este caso, la estrategia para contrarrestar las noticias falsas es evidente: debemos ser más cuidadosos con la información que nos envían nuestros seres queridos y recobrar la confianza en la ciencia que los políticos irresponsables han minado. Así mismo, debemos consultar fuentes confiables y exigirles a los medios que ratifiquen la información que publican. Al fin y al cabo, el conocimiento médico encontró las únicas medidas preventivas con las que contamos y seguramente desarrollará los medicamentos y las vacunas que nos permitirán superar esta pandemia.

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EL GRAN DESAFÍO: NOSOTROS MISMOS

Por otro lado, varios estudios y experimentos realizados por la psicología social sugieren que en momentos de confusión y caos, el cerebro humano tiende a buscar explicaciones que le den orden a lo que está sucediendo, y esto lo lleva a ver patrones donde no existen y a confiar en ‘soluciones’ que carecen de respaldo. Esto explica por qué estamos dispuestos a creer en teorías simplistas que le conceden un origen planeado al virus y que confiemos en consejos engañosos que carecen de evidencia.

Foto: Libraries.idaho. Es frecuente recibir información falsa a través de redes sociales

Para contrarrestar esta tendencia, debemos verificar toda la información que recibimos antes de creer en ella y, sobre todo, antes de reenviarla a otras personas, pues, aunque tengamos buenas intenciones podemos contribuir a la confusión y la propagación de información falsa.

Por su parte, la psicología cognitiva ha identificado varios sesgos presentes en el razonamiento humano que provocan interpretaciones erróneas o distorsionadas de la información disponible sobre un fenómeno o acontecimiento. Uno de ellos, el sesgo de confirmación, permite entender una arista fundamental de la epidemia de desinformación que estamos viviendo.

Este sesgo representa el reto más difícil que debemos enfrentar como ciudadanos: desafiar constantemente nuestras creencias, prejuicios e ideologías. 

Este sesgo nos lleva a sobreestimar y a favorecer la información que reafirma nuestras creencias y prejuicios, y a subestimar e ignorar la que los contradice, lo cual explica que seamos tan propensos a difundir noticias falsas que reafirman nuestras posturas ideológicas. La ecuación es simple: si tenemos una imagen negativa del gobierno estadounidense o del gobierno chino, seremos más proclives a aceptar información que reafirme estos prejuicios así no cuente con respaldo suficiente.

Los algoritmos de las redes sociales refuerzan este sesgo porque nos muestran más de lo que nos gusta, lo cual explica que aunque las noticias falsas existan desde la aparición de la prensa escrita en el siglo XV, se propaguen mucho más rápido en nuestros días.

Este sesgo representa el reto más difícil que debemos enfrentar como ciudadanos: desafiar constantemente nuestras creencias, prejuicios e ideologías.

Debemos dudar sistemáticamente sin caer en negacionismos y estar dispuestos a cambiar de opinión si así lo indica la evidencia, pues solo de esta forma será posible combatir la epidemia de desinformación que, por ahora, promete durar mucho más tiempo que el coronavirus.

Paula Pinzón. Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Javeriana, editora y coordinadora administrativa de Razón Pública.

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