EL EQUILIBRIO PRECARIO DEL PRECIO DEL CAFÉ

Actualidad Columnista

Por Carlos Tobar.

Si hay una relación desequilibrada en el comercio mundial de commodities (bienes primarios o materias primas), es el de los términos de intercambio. A lo largo de la historia, esa relación ha tenido un comportamiento fluctuante: sube o baja ajustada por las leyes de la oferta y la demanda. Esa es la teoría. La práctica es que, desde que aparecieron en el mercado los monopolios, a finales del siglo XIX, los precios de las materias primas han estado sujetos a manipulaciones en el precio, siempre con tendencia a la baja. Solamente, en períodos excepcionales, como la reciente expansión del mercado mundial por el crecimiento de los países emergentes liderados por China, los commodities tuvieron precios remunerativos para los productores, especialmente en energéticos.

En el caso del café, desde que se rompió el Pacto Internacional del Café, un acuerdo entre productores y consumidores que funcionó desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta 1989, mediante un pacto de cuotas con retenciones voluntarias de los productores para no inundar el mercado y el compromiso de los consumidores de comprar a un precio acordado anualmente el café certificado con índices de calidad estándar, los precios se han ido envileciendo. El mercado cafetero fue amarrado al funcionamiento de las bolsas de valores (particularmente la de Nueva York), sometiéndolo a las fuerzas especulativas de los mercados financieros. Allí, los productores de los países en desarrollo, como Colombia, quedaron a merced de los grandes tiburones de las finanzas mundiales que, mediante la manipulación de papeles financieros disminuyen el valor de las cosechas. Así, obtienen ganancias pingües a costa de los precios míseros que reconocen a productos que, como el café exigen el trabajo ingente de pueblos enteros.

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Esas son las reglas de juego que nos impusieron en el mercado mundial, desde que el libre comercio se convirtió en el dios del mercado. Esto lo saben las autoridades económicas del país, como quiera que aceptaron sin chistar esas normas. Por eso, que en estos días el gerente general de la Federación de Cafeteros, se escandalice porque en Tokio le cobraron 15 dólares por una taza de café ($45.000), que es la medida real de las ganancias extraordinarias de la cadena de comercialización e industrialización del grano, no pasan de ser “lágrimas de cocodrilo”. El señor Roberto Vélez, conoce de sobra que la rentabilidad en el mercado mundial es así de brutal: a una libra de café que nos la pagan a 1,30 dólares, le sacan 50 tazas de 15 dólares, lo que significa un valor del producto final por libra de 750 dólares; si lo traducimos a cargas de café que nos la compran a $800.000 promedio, ese resultado en pesos sería de ¡$543’ 750. 000! Un resultado absurdo que, da la medida de los desequilibrios económicos de los países en desarrollo frente a los países ricos. El problema de la desigualdad es todavía peor, si entendemos que los verdaderos beneficiarios son un número ridículamente pequeño de grandes potentados dueños del capital financiero especulativo, los dueños de los grandes negocios por gracia y misericordia del dios del libre mercado.

Que, en el mundo de hoy, las reglas de juego del comercio deben ser cambiadas, son un imperativo de equidad. En el fondo, los grandes desequilibrios que sacuden el planeta –sociales, económicos, ambientales…–, tienen que ver con un orden económico desigual, ventajista e insostenible. La exclusión de tantos, amenaza la supervivencia de la especie.

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