DESCENSO AL INFIERNO

Actualidad Columnista

Por Aníbal Charry González

Así denominó el extinto escritor gaucho Ernesto Sábato el periodo atroz y sangriento de la dictadura militar (1976-1983) que tanto dolor y muerte causara al pueblo argentino, del cual se conmemoraron 40 años con la visita del presidente de los Estados Unidos Barack Obama a su territorio, quien aprovechó, -en medio de diferentes manifestaciones de repudio de miles de argentinos que marcharon en más de 100 poblaciones rindiendo homenaje a los muertos  y desaparecidos portando una larguísima tela con sus fotos como lo hacen cada 24 de marzo-, para pronunciar la frase “nunca más” que hiciera famosa el fiscal Julio César Strassera en la acusación a los militares en 1985 que llevó a su condena, para significar que no podía repetirse la mayor violación a los derechos humanos de que tuviera memoria  Argentina.

Y es que no pudo ser más acertada la macabra denominación de Sábato, que llevó a la acusación del fiscal Strassera en el juicio conocido como el Nuremberg argentino cuyas palabras finales resulta propicio recordar: “A partir del respeto por la vida y el sufrimiento de cualquier ser humano, restauremos entre nosotros el culto por la vida. Señores Jueces, quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores Jueces: NUNCA MÁS”.

De ahí la mención del presidente Obama que adquiere particular connotación, como que los Estados Unidos estimularon la sangrienta dictadura,  para ratificarla frente al pueblo argentino que aprendió dolorosamente el valor de la perseverancia en la protesta y la condena, para que nunca más se vuelva a presentar lo que se ha considerado como el mayor horror de la historia argentina sin perder la memoria, que es precisamente lo que hará posible que no vuelva a suceder, que nos obliga a hacer un parangón con nuestra violenta historia y la nula reacción de la  sociedad colombiana presa del individualismo y el fanatismo, que ha hecho posible que no nos unamos para reclamar un nunca más a la violación de los derechos humanos rindiéndole culto a la vida en un país que ha vivido ensangrentado por la cultura de la muerte.

 En este escenario del horror que ha sido Colombia en todos los tiempos, cuándo hemos salido a protestar sostenidamente en homenaje a las innumerables víctimas para que nunca más repitamos la siniestra historia, y cuándo hemos tenido un juicio histórico para condenar a quienes los han violado bajo el ropaje de una fementida democracia. Ha sido todo lo contrario: hemos respaldado y seguimos respaldando a los violadores de los derechos humanos divididos por los resentimientos políticos y convencidos de que todo se soluciona por la vía de la violencia donde no nos duelen sino las víctimas de élite, pero las que por millares ha puesto el pueblo raso en confrontaciones fratricidas no merecen ni el recuerdo para que no se sigan presentando como lo hace el pueblo argentino para que digamos NUNCA MÁS  a la violencia en Colombia.

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