DEFORESTACIÓN Y CATÁSTROFE

Actualidad Columnista

Por Carlos Tobar

Hace 10 días, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), presentó el informe sobre la cantidad de bosque que se perdió en el territorio nacional, durante el año 2016. El resultado no puede ser más preocupante: la deforestación creció un 44% con relación al año anterior, es decir, los depredadores legales e ilegales, conscientes o inconscientes, borraron 178.957 hectáreas, indispensables para garantizar el agua, las especies animales y vegetales, los ecosistemas que garantizan la vida para todos, incluidos los seres humanos. Parece que, todavía la visión que predomina en el imaginario popular es la de que la naturaleza es infinita, que puede soportar sin afectarse, el peor trato que nosotros, la especie inteligente, le damos en la relación diaria con ella. No importando que, mes a mes, casi que día a día, los desastres ambientales estén afectando, en materia grave, a centenares o miles de compatriotas. Mocoa, los municipios ribereños de los grandes ríos, las zonas costeras, los poblados y ciudades, los campos asolados por las crecientes de los ríos o las sequías inclementes…, son hechos que observamos, nos inquietan o lamentamos, pero que, olvidamos también con gran facilidad.

La situación de deforestación es grave, sobre todo porque llevamos centurias asolando bosques en valles, llanos y montañas, no solo en el proceso de ocupación del territorio creando fincas, construyendo carreteras, usando aguas, con concepciones rudimentarias frente a los ecosistemas, como que una propiedad rural vale si tiene potreros no importando que se aniquilen fuentes de agua. Aproximación que, es producto de la ignorancia sobre el funcionamiento de la biosfera, un conocimiento que es relativamente reciente. Pero, que se ha agravado con la explotación de recursos minero-energéticos, muchos de los cuales usan métodos depredatorios del medio ambiente, especialmente el agua y, de paso los bosques. Preocupa, por ejemplo, que en la explotación petrolera se esté pensando en usar el ‘fracking’, una técnica altamente contaminante que puede afectar parte de las aguas dulces, tanto superficiales como subterráneas, o el cerco que la gran minería, particularmente la de oro, tiene sobre los ecosistemas de páramo.

Colombia se ha comprometido, en los acuerdos de París, a que en el año 2020 se alcance la meta de cero deforestación en la Amazonia, un compromiso que, así como vamos, parece inalcanzable. Pero, más allá de los compromisos internacionales, la recuperación de los ecosistemas afectados por el ‘efecto antrópico’, es decir por la acción del hombre sobre la naturaleza, es de vida o muerte. Nunca antes, habíamos tenido una amenaza tan grave sobre la sociedad humana. Lo peor, causada por su mismo accionar. En el caso colombiano, la preservación de los bosques, es un imperativo de la conformación geográfica de nuestro territorio. El conocimiento de nuestros suelos, los de montañas y llanuras, del interior y de las costas, de la Amazonía, la Orinoquía, o las zonas de mar, de áreas desérticas, semidesérticas o de gran pluviosidad, que son una de las grandes riquezas del territorio que habitamos por su diversidad, es una necesidad urgente. No podemos seguir de espaldas y con los ojos cerrados a una de las obligaciones que, como ciudadanos tenemos con nosotros mismos, nuestras familias, los compatriotas y el resto de compañeros de viaje en esta nave única e irremplazable que es el planeta Tierra.

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